Confieso que llegaba al CAEM con cierta curiosidad y pocas certezas. La Maravillosa Orquesta del Alcohol (La M.O.D.A) era una banda a la que no había tenido aún el placer de ver en directo y de la que apenas conocía un par de canciones sueltas. No había expectativas infladas ni un repertorio aprendido de memoria, solo ganas de dejarme llevar. Y quizá por eso el impacto fue mayor: desde el primer minuto el directo me pareció impecable, sólido, honesto y absorbente, hasta el punto de hacerme disfrutar plenamente del concierto incluso sin conocer la mayoría de los temas. Algo que no todas las bandas consiguen y que dice mucho de lo que ocurre cuando la música y la verdad escénica van de la mano.

Con esa sensación inicial —la de estar asistiendo a algo auténtico— comenzó una noche que confirmó por qué La M.O.D.A. sigue siendo una de las bandas más queridas y respetadas del panorama nacional.
Este sábado 24 de enero, el Centro de las Artes Escénicas y de la Música (C.A.E.M) de Salamanca acogió el directo de La M.O.D.A, dentro de la gira de presentación de San Felices, su último trabajo discográfico. Un concierto que llegaba con el cartel de entradas agotadas y que volvió a demostrar la fuerte conexión entre la banda burgalesa y el público salmantino.
San Felices no es un título elegido al azar. El nombre hace referencia al barrio burgalés de San Pedro y San Felices, un lugar clave en la vida del grupo, donde ensayan y donde se ha construido buena parte de su historia personal y musical. Ese regreso simbólico a casa atraviesa todo el disco y se traslada con naturalidad al directo: canciones que hablan de raíces, de tiempo, de memoria y de celebración cotidiana. No fue casualidad que la banda eligiera precisamente “San Felices” para abrir el concierto, marcando desde el primer acorde el tono emocional de la noche y subrayando el carácter identitario del nuevo trabajo.

Desde el primer minuto quedó claro que la noche no iba a vivirse desde las butacas. El público se levantó nada más arrancar el concierto, dejando prácticamente vacíos los asientos del CAEM, transformando el auditorio en una pista de celebración colectiva. Con La Inmensidad llegó el primer gran subidón de la noche, con toda la sala coreando cada verso como si se tratara de un himno compartido. La comunión se repitió con PRMVR, Catedrales, Vasos vacíos, Si bailas bailo, Nómadas y Los lobos, canciones que confirmaron la capacidad de La M.O.D.A. para convertir cada tema en una experiencia emocional colectiva. El tramo final fue sencillamente magistral, con 1932, Héroes del sábado y Mañana voy a Burgos (estos son los tres temas que conocía) como cierre apoteósico, dejando la sensación de haber asistido a algo que trasciende lo musical.
La puesta en escena, sin artificios innecesarios, refuerza esa idea de honestidad. La M.O.D.A. no necesita una gran escenografía para atrapar, porque lo hace desde la entrega, la cohesión y la fuerza colectiva. El sonido —orgánico, cálido y poderoso— se apoya en una instrumentación rica y poco habitual en el rock nacional: saxo, acordeón, clarinete, mandolina, banjo y guitarras conviven con naturalidad, construyendo una atmósfera envolvente desde el primer acorde.
En ese paisaje sonoro destacó especialmente el trabajo de Alvar de Pablo, cuyos solos de saxo aportaron momentos de intensidad y emoción pura, elevando varios pasajes del concierto y confirmando la riqueza musical del directo de la banda.

La producción de San Felices, a cargo de Carlos Raya, se percibe también en directo: un equilibrio preciso entre crudeza y detalle, donde cada instrumento encuentra su espacio sin perder intensidad. El resultado es un concierto compacto, dinámico y emocionalmente muy eficaz, capaz de mantener la atención del público durante toda la noche.
El CAEM, pese a ser un auditorio con butacas, se transformó en un espacio vivo, con un público entregado, diverso y participativo. Voces coreando, palmas, sonrisas compartidas y esa sensación colectiva de estar formando parte de algo más grande que un simple concierto. Incluso para quienes se acercaban por primera vez a la banda, el viaje resultó inmediato y absorbente.
En esta nueva etapa, marcada por la salida de Jacobo Naya, sustituido en la formación por Marina López, La Maravillosa Orquesta del Alcohol demuestra que sigue avanzando sin perder su esencia. Para la cita en Salamanca, además, la banda no pudo contar con Joselito Maravillas a su acordeón, siendo sustituido por Josune Arakistain, quien en determinados temas asumió también partes vocales. En algunos momentos cantó en solitario y en otros se fundió con el resto de voces, aportando una voz dulce y delicada que añadió un contraste especialmente efectivo al conjunto del directo. Por su parte, Marina López también tuvo protagonismo vocal en uno de los temas, sorprendiendo con un timbre y una textura poco comunes: una voz desgarrada y ronca, de gran personalidad. El contraste entre la dulzura de Josune y la aspereza expresiva de Marina añadió una nueva dimensión al sonido de La M.O.D.A., enriqueciendo aún más un directo que ya de por sí rozó la excelencia. San Felices no es solo un disco: es una declaración de identidad y un recordatorio de que la música, cuando es honesta, sigue siendo un lugar al que volver.

