Rufus aparecieron sin artificios, como quien entra en un lugar familiar y sin embargo, cada vez que arrancan un concierto, lo transforman todo. Una banda de culto para muchos, pero sigue sin llegar a tener el reconocimiento popular que debería tener o que creemos que debería tener

Lo suyo no es una acumulación de efectos, es arquitectura emocional. Capas que se suman, melodías que giran sobre sí mismas, ritmos que respiran, un paisaje que se abre y se repliega constantemente. La banda funcionó como una sola unidad, afinada y sensible, capaz de pasar de un susurro delicado a una explosión gigantesca sin perder intención ni pulso y siempre acompañada de esos ritmos y sonidos de sus sintetizadores.

La noche tomó forma en cuanto sonaron los primeros compases de “El Coro del Amanecer”. Tras una breve introducción, la sala quedó envuelta en una mezcla de texturas que marcó el tono del resto del concierto. Víctor Cabezuelo, alternando voz, guitarras y sintetizadores, y Julia Martín-Maestro, impecable a la batería, guiaban el pulso del directo. 

Las canciones avanzan sin prisa, llenas de secciones que se despliegan unas sobre otras, con un gusto casi orquestal. La iluminación —sutil, precisa— potencia esa estética psicodélica que ya es parte del ADN del grupo y crea una atmósfera inmejorable. Todo esta empastado y estudiado al milimetro para crear el espectáculo visual y auditivo que les caracteriza. Cada pieza se estira más allá de la estructura pop habitual y permite que la banda muestre su dominio técnico sin caer en el artificio.

Cuando llegó el último tema, el teatro estaba completamente entregado.
Ese tipo de silencio emocionado —el que aparece justo antes de aplaudir— solo sucede cuando lo que pasa sobre el escenario nos toca en un sitio difícil de explicar.

Con las luces ya encendidas, la banda se despide mientras suena “Como yo te amo”, ese clásico que inmortalizó Rocío Jurado. El teatro canta, se mueve, se reconoce en esa celebración compartida. 

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