Sonorama Ribera 2026: Carlos Ares se consagra y Love of Lesbian convierte la despedida en emoción
El viernes 7 de agosto fue, probablemente, una de esas jornadas en las que Sonorama demuestra por qué resulta tan difícil explicar el festival únicamente a través de su cartel. La tercera jornada de Sonorama Ribera 2026 tuvo de todo: descubrimientos, energía, sorpresas, conciertos multitudinarios, despedidas y una Plaza del Trigo que volvió a demostrar que sigue siendo capaz de cambiar el guion del festival.
Y si hubiera que quedarse con una imagen, serían dos.
Por un lado, Carlos Ares, estrenándose en uno de los escenarios principales y ofreciendo un concierto impecable ante un recinto completamente entregado.
Por otro, Love of Lesbian, afrontando una de sus últimas actuaciones antes del anunciado parón y convirtiendo su concierto en una celebración cargada de emoción.
Pero antes de que llegara la noche, Aranda ya había empezado a hacer de las suyas.
Éxtasis: la Plaza del Trigo sigue siendo una fábrica de oportunidades
La mañana comenzó en la Plaza del Trigo, ese pequeño escenario que lleva años demostrando que no hace falta una gran producción para conseguir un momento memorable.
Éxtasis fue uno de los encargados de poner música a la jornada y volvió a representar perfectamente esa filosofía del Trigo: bandas que todavía están construyendo su camino, delante de un público dispuesto a descubrirlas.
El escenario más pequeño del festival continúa funcionando como una auténtica puerta de entrada. Y eso, después de tantos años, sigue teniendo un valor enorme.

Arde Bogotá: la sorpresa que incendió el Trigo
Y entonces llegó la sorpresa.
Arde Bogotá apareció en la Plaza del Trigo y convirtió la mañana en uno de los grandes momentos de esta edición. La banda cartagenera, que ya conoce perfectamente lo que significa pasar por este escenario, regresaba esta vez como una de las bandas más importantes del rock nacional.
El resultado fue una auténtica locura.
Más de 7.000 personas llegaron a concentrarse en torno a la Plaza del Trigo para ver a la banda, que convirtió aquel pequeño escenario en uno de los puntos neurálgicos de todo Sonorama.
Canciones como “La Torre Picasso” o “Exoplaneta” hicieron el resto.
Hay algo especialmente bonito en que una banda que ha pasado por el Trigo vuelva años después convertida en un nombre capaz de movilizar a miles de personas. Es una de las mejores demostraciones de que la filosofía del festival funciona.

El Trigo descubre. El público decide. Y algunos artistas vuelven para demostrar hasta dónde han llegado.
Arde Bogotá fue, sin duda, una de las grandes sorpresas de esta edición.
Ángel Stanich: personalidad sin necesidad de artificios
Ya en El Picón, Ángel Stanich volvió a demostrar que sigue siendo uno de esos artistas imposibles de confundir con cualquier otro.
Su personalidad está por encima de modas y etiquetas. Hay ironía, rock, psicodelia y una forma muy particular de entender el escenario que convierte cada actuación en algo reconocible desde los primeros minutos.
Stanich no necesita correr detrás del público. Tiene un universo propio y sabe perfectamente cómo llevarlo al directo.
Malmö 040: una generación que viene empujando
En el escenario Indexa, Malmö 040 representó otra de las caras de este Sonorama.
La banda catalana continúa creciendo a un ritmo vertiginoso y su paso por Aranda volvió a confirmar que se encuentra en uno de esos momentos de carrera en los que cada festival sirve para ganar terreno. Su pop-rock, directo y emocional, encontró una respuesta especialmente receptiva entre un público joven que empieza a convertir sus canciones en himnos propios.
No es casualidad que estén empezando a ocupar cada vez espacios mayores. Su evolución ya apunta hacia escenarios de otra dimensión.
Carlos Ares: el concierto impecable
Y llegó uno de los grandes momentos de la jornada.
Carlos Ares tenía delante el reto de estrenarse en uno de los escenarios principales de Sonorama. Y lo resolvió de la mejor manera posible.
Con un llenazo y una conexión con el público que se mantuvo desde el primer minuto hasta el último, Ares ofreció un concierto sencillamente impecable.
No hubo momentos de desconexión. No hubo que esperar a una canción concreta para que el público reaccionara. La conexión estuvo presente durante todo el concierto.
Y eso es especialmente significativo en un artista que todavía está escribiendo los primeros capítulos de una carrera que apunta muy alto.
Carlos Ares demostró que no está aquí simplemente para ser una de las promesas del momento. Está empezando a convertirse en una realidad.
Su presencia en un escenario principal ya no parecía una apuesta de futuro.

Parecía el lugar que le correspondía.
Y viendo la respuesta de Aranda, resulta difícil pensar que vaya a tardar demasiado en volver.
Love of Lesbian: una despedida cargada de emoción
Si Carlos Ares representó el futuro, Love of Lesbian representó la memoria.
La banda afrontaba en Sonorama una de las últimas actuaciones antes de su anunciado parón, y desde el principio se respiró una sensación diferente. No era simplemente otro concierto dentro del cartel.
Había algo más.
La historia de Love of Lesbian con Sonorama es demasiado larga como para resumirla en una noche. Sus canciones forman parte de la memoria de varias generaciones de asistentes y su manera de entender el directo ha dejado huella en el festival.
Pero esta vez había además una circunstancia especialmente dolorosa.
La reciente muerte de la madre de Jordi Roig, guitarrista de la banda, hacía que la actuación tuviera un componente emocional todavía mayor.
Y el público lo entendió.
El concierto se convirtió en una celebración, pero también en un abrazo colectivo. En una de esas noches en las que las canciones adquieren un significado diferente porque todos sabemos que estamos asistiendo a algo que quizá tardemos mucho tiempo en volver a ver.
Love of Lesbian no necesitó convertir la despedida en un drama.
Simplemente dejó que hablaran sus canciones.
Y Sonorama respondió cantándolas.

Sexy Zebras: cuando el escenario ya no puede contener la energía
Con la noche completamente lanzada, Sexy Zebras hicieron exactamente lo que se esperaba de ellos: convertir el escenario en un lugar donde quedarse quieto era prácticamente imposible.
Su directo es puro músculo.
Guitarras, actitud, sudor y una conexión con el público que hace que sus conciertos parezcan más una pelea colectiva contra el cansancio que una actuación convencional. Y, como ya es habitual en sus conciertos, el pogo volvió a ser uno de los grandes protagonistas.
Frente al escenario se formó uno de esos círculos que ya parecen formar parte inseparable de la liturgia de Sexy Zebras. Empujones, saltos, carreras y gente entrando y saliendo del pogo mientras la banda seguía disparando canciones sin dar un segundo de tregua.
No es simplemente una consecuencia de su música. El pogo es casi parte del espectáculo. Una extensión natural de la energía que desprenden sobre el escenario y de la manera en la que entienden la relación con su público.
Después de una jornada marcada por la emoción, Sexy Zebras pusieron el contrapunto perfecto: energía sin demasiadas contemplaciones.
Y funcionó.

Samuraï: electricidad a las tres de la mañana
Cuando muchos conciertos ya habían terminado y el cansancio empezaba a pesar, Samuraï apareció para demostrar que todavía quedaba gasolina.
Su directo fue enérgico, intenso e increíble.
A esas horas, cualquier artista tiene que luchar contra un enemigo adicional: el agotamiento de un público que lleva muchas horas de festival encima. Samuraï no solo consiguió mantenerlo despierto. Consiguió que volviera a saltar.
Su actuación fue una demostración de actitud y de fuerza sobre el escenario. Un concierto de esos que recuerdan que la madrugada también puede ofrecer algunos de los momentos más potentes de un festival.

Ladilla Rusa: la fiesta para cerrar
Y para el tramo final llegó Ladilla Rusa.
A las 03:45, cuando la jornada ya pedía prácticamente una tregua, su propuesta funcionó como lo que debía ser: un espectáculo perfecto para la última hora, para dejarse llevar y terminar la noche sin demasiadas pretensiones.
No necesitaban competir con los grandes conciertos de la jornada. Su función era otra.
Fiesta, humor, canciones conocidas y un público dispuesto a bailar hasta que el cuerpo dijera basta.
Y para ese cometido, Ladilla Rusa cumplió.
Un viernes difícil de olvidar
El tercer día de Sonorama Ribera 2026 tuvo algo que no siempre se consigue en un festival: una narrativa propia.
Empezó con Éxtasis en el Trigo y terminó de madrugada con Ladilla Rusa. Por el camino, Arde Bogotá convirtió una sorpresa en uno de los momentos del festival, Malmö 040 confirmó que sigue creciendo, Ángel Stanich volvió a demostrar su personalidad y Sexy Zebras puso el recinto patas arriba.
Pero por encima de todo estuvieron dos nombres.
Carlos Ares, representando el futuro.
Love of Lesbian, mirando hacia atrás antes de tomar un descanso.
Uno llegando a un escenario principal para demostrar que está preparado para quedarse.
Los otros despidiéndose temporalmente de un público que ya forma parte de su historia.
Y entre ambos, Sonorama volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: conectar generaciones, descubrir artistas y convertir un fin de semana de agosto en algo que termina pareciendo mucho más importante que un simple festival.
