Ultraligera convierte Cosquín Rock Valladolid en un multitudinario encuentro con su público
Ultraligera llegó a la última jornada de Cosquín Rock Valladolid con una responsabilidad que ya empieza a ser habitual para la banda madrileña: demostrar que el crecimiento experimentado durante los últimos años no es una cuestión de moda, sino la consecuencia natural de un grupo que ha conseguido construir una comunidad alrededor de sus canciones, y Valladolid respondió.
El escenario del Pingüinos Arena se quedó pequeño ante un público que convirtió el concierto de Ultraligera en uno de los grandes llenazos de la última jornada del festival. Desde los primeros compases quedó claro que buena parte de los asistentes había acudido expresamente a encontrarse con Gisme, Coque, Santi y Martín.
La banda, además, afronta esta nueva etapa con la incorporación de Mario Díez Llorente como guitarrista rítmico en directo, ampliando la formación sobre el escenario y reforzando un sonido que durante 2026 ha evolucionado hacia terrenos más crudos y contundentes.

Un público que ya se sabe las canciones
Si algo define actualmente un concierto de Ultraligera es la respuesta de la gente. El público no espera a que llegue el estribillo, lo conoce, lo canta, lo anticipa.
Canciones como «Lapsus», «Pelo de Foca», «Silla de Mimbre», «Me Miras Mal», «La Basura», «Tú No Lo Ves» o «Matanza en el Hotel» encontraron en Valladolid una audiencia completamente entregada.
La sensación desde el escenario era la de estar ante una banda que ya ha dejado atrás la fase de conquistar al público. Ahora son sus propios seguidores quienes empujan las canciones hacia arriba y eso se nota especialmente cuando Gisme deja el micrófono y son las miles de voces del recinto las que continúan cantando.
El fenómeno Ultraligera ya no se explica únicamente desde las plataformas digitales o el crecimiento de su repertorio. Se entiende viendo un escenario abarrotado y comprobando cómo una generación entera ha convertido sus canciones en himnos propios.

Más músculo sobre el escenario
La presencia de Mario Díez Llorente como guitarrista rítmico aporta una nueva dimensión al directo.
La formación gana cuerpo y permite que las guitarras tengan todavía más presencia dentro de un sonido que la banda ha endurecido notablemente en esta nueva etapa. El salto desde Pelo de Foca hacia el universo de Lapsus ya apuntaba hacia un Ultraligera más crudo y rockero, algo que se traslada con claridad al escenario.
Y en un festival como Cosquín Rock, donde el volumen y la contundencia forman parte del lenguaje, esa evolución funciona especialmente bien.

Cuando hablar demasiado empieza a restar
Hay, sin embargo, un pequeño elemento que podría revisarse.
La conexión de Gisme con el público es evidente y forma parte de la identidad de Ultraligera. Sus intervenciones sirven para crear cercanía y reforzar esa sensación de comunidad que rodea al grupo.
Pero durante el concierto de Valladolid, los diálogos se prolongaron en algunos momentos más de lo que quizá necesitaba un repertorio de festival.
No es una cuestión de eliminar la conversación ni de convertir el concierto en una sucesión automática de canciones. Al contrario: la personalidad de Gisme es uno de los ingredientes fundamentales del directo.
Pero cuando el público está completamente entregado y las canciones tienen esa capacidad de respuesta, a veces menos palabras pueden conseguir más efecto, especialmente en un festival, donde el tiempo es limitado y cada minuto sobre el escenario cuenta.

Un final tan contundente como desconcertante
Y llegó el momento de despedirse.
Ultraligera decidió hacerlo de una manera poco convencional. No hubo un gran discurso final, no hubo una despedida solemne ni ese habitual «muchísimas gracias, Valladolid» antes del último saludo.
Mientras algunos miembros de la banda repartían púas y camisetas entre el público, un sonido grave comenzó a ocupar las PAs. El escenario permanecía todavía vivo, pero la música del concierto ya había terminado. Poco a poco, los integrantes fueron abandonando el escenario y entonces ocurrió algo especialmente llamativo. Cuando el último miembro de Ultraligera desapareció del escenario, se produjo un silencio absoluto y las luces se apagaron.
Fin.

Fue una despedida fría, casi quirúrgica, que contrastó con la enorme calidez que había existido entre banda y público durante todo el concierto. Quizá buscaba precisamente romper con la despedida convencional, pero después de un concierto en el que la conexión con el público había sido tan evidente, aquel final dejó una sensación extraña: como si la banda hubiera cerrado la puerta de golpe justo cuando todavía quedaban ganas de seguir dentro.
Ultraligera ya no es una promesa. Es una realidad.
